Venecia, la ira de los Dioses

por Santiago Castellano 5/Abr/2020

 La crisis mundial provocada por el Coronavirus nos brinda la oportunidad de observar el comportamiento de la naturaleza cuando el ser humano se ausenta.

Según las creencias de muchas civilizaciones antiguas las plagas, las malas cosechas e incluso las enfermedades, eran castigos divinos enviados por unos dioses enfurecidos con las actitudes reprochables de sus fieles. En pleno siglo XXI, no parece que tengamos que preocuparnos de la benevolencia del más allá para poder avanzar, ni que tengamos que esperar al capricho del destino para tomar las mejores decisiones. 

En términos planetarios (aunque desiguales), hemos conseguido hasta la fecha el mayor avance económico, cotas increíbles en igualdad, derechos y libertades para las personas, y el máximo promedio de esperanza de vida. Todo ello gracias a los innumerables progresos científicos, médicos y tecnológicos; no cabe duda de que podemos darnos la enhorabuena. Sin embargo, para conseguir las guirnaldas de este carrusel hemos ido hipotecando sin miramiento nuestro bien más preciado: nuestro hogar, nuestro Planeta. 

AUSENCIA Y NATURALEZA

Ver las sorprendentes imágenes que están dando la vuelta al mundo de peces, ánades y pájaros -entre otros animales- regresando a las antes negras y contaminadas aguas de Venecia, ahora limpias y cristalinas debido al confinamiento masivo ante la amenaza de la pandemia por el virus Covid-19, nos brinda la oportunidad de reflexionar cómo es posible que la naturaleza solo se pueda abrir paso cuando el ser humano no está: ¿nos hemos convertido en un ser extraño para nuestra propia casa?


Fotógrafo André Pattaro, agencia AFP

Salvando las infinitas distancias, no es el primer ejemplo: ya ocurrió con el área clausurada del espacio contaminado por el desastre de la central nuclear acaecido en Chernóbil (1986), donde en unas 200.000 hectáreas de exclusión humana, tras más de tres décadas, ha permitido la repoblación de bosques y animales silvestres, y hasta la reaparición de animales como el lince.

Venecia no es sino el penúltimo escaparte de la degradación de una ciudad y de su entorno donde el turismo insaciable y masivo, la sobreexplotación de su medio marino, la contaminación de sus canales y la insostenibilidad de su contexto urbano la han ido hundiendo centímetro a centímetro hasta convertir esta analogía en una realidad literal, en su posible desaparición bajo las aguas del Adriático. Ver a cisnes y peces chapotear alegremente por los intransitados canales venecianos deja entrever una fina ironía de cómo la naturaleza nos quiere decir mucho con tan poco.

CONVIVENCIA ORGÁNICA

Podríamos citar más ejemplos pero, en definitiva, resulta cuanto menos preocupante que nuestro medioambiente y sus ecosistemas aprovechen nuestras ausencias para recuperar lo que es suyo, como a hurtadillas, como cuando se iban tus padres del piso. Y digo que es preocupante porque nuestro sitio en el planeta debería ser una convivencia orgánica con nuestro entorno y no una amenaza. 

Tenemos que poner fin a este sinsentido. Los18 queremos aprovechar pues las oportunidades de futuro que nos brindan los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas para hacer sostenible nuestro espacio y nuestro futuro, haciendo cómplice a nuestro progreso con el del resto de seres vivos.

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