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Abuela Tiene Wifi: Las Mujeres Mayores Latinas Que Se Apoderaron de las Redes Sociales

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Cuando Dolores Mendoza, de 71 años, subió su primer video a TikTok en 2021, esperaba que lo vieran sus nietos. En cambio, lo vieron 800,000 personas en tres días. El video era simple: ella haciendo tortillas de maíz en su cocina de San Antonio, hablando sola mientras trabajaba la masa, como si estuviera platicando con alguien que no está en el cuarto.

"Yo no sabía ni qué era un 'live'," recuerda Dolores riéndose, sentada en la misma cocina que la hizo famosa. "Mi nieta me instaló la aplicación y me dijo 'Abuela, solo haz lo que haces siempre.' Y eso hice."

Hoy, Dolores tiene más de 400,000 seguidores, ha colaborado con dos marcas de alimentos y recibe mensajes de personas en Argentina, España y los Estados Unidos que le dicen que sus videos les recuerdan a sus propias abuelas. No tenía un plan de contenido. No contrató un manager. Solo tenía sus manos, su sazón, y una historia que contar.

El Estereotipo Que No Se Aguantó

Por mucho tiempo, la narrativa sobre las mujeres mayores latinas en los medios digitales fue simple: no están ahí. Se asumía que las redes sociales eran territorio de jóvenes, y que las mujeres de cierta edad — especialmente inmigrantes o con poca educación formal en tecnología — eran espectadoras, no creadoras.

La realidad está demostrando lo contrario con fuerza.

En toda la comunidad latina de los Estados Unidos, mujeres de 55 años en adelante están construyendo audiencias leales, lanzando pequeños negocios digitales, y convirtiéndose en referentes culturales para generaciones más jóvenes que buscan conexión con algo real en medio de tanto contenido fabricado.

Y la clave de su éxito, dicen ellas mismas, es precisamente lo que nadie esperaba que fuera una ventaja: su autenticidad sin filtros.

La Pantalla Como Extensión del Hogar

Rosario Gutiérrez tiene 67 años y vive en el barrio de Boyle Heights en Los Ángeles. Empezó su canal de YouTube hace cuatro años, inicialmente para enseñarle a hacer tamales a su hija que vive en otro estado. Sin planearlo, el canal creció hasta tener más de 150,000 suscriptores, y ahora incluye videos sobre remedios caseros, consejos para criar hijos entre dos culturas, y conversaciones francas sobre la soledad que sienten muchas mujeres mayores en sus comunidades.

"Yo hablo de lo que me pasa a mí," dice Rosario. "De lo que me duele, de lo que me alegra, de lo que aprendí de mi mamá y de lo que aprendí a los golpes. La gente no quiere perfección — quiere verdad."

Esa verdad tiene un valor que el mercado de influencers todavía está aprendiendo a medir. Las marcas que han trabajado con Rosario reportan tasas de engagement — es decir, cuánta gente interactúa con el contenido — significativamente más altas que con creadores más jóvenes con más seguidores. La confianza que genera una abuela hablando directo a la cámara desde su cocina es difícil de replicar.

Empresarias Sin Saberlo

Lo que empezó como hobby para muchas de estas mujeres se ha convertido, casi sin que ellas lo busquen, en una fuente de ingresos real.

María Concepción "Concha" Ibarra, de 63 años, vive en el barrio de Pilsen en Chicago y empezó a vender sus bordados a través de Instagram en 2020, cuando la pandemia cerró los mercados donde normalmente vendía. Hoy tiene una lista de espera de tres meses para sus piezas, envía pedidos a 14 estados, y tiene una tienda en Etsy que factura más que lo que ganaba en su trabajo de limpieza antes de retirarse.

"Mis hijos me ayudaron a poner las fotos bonitas," cuenta Concha, "pero el negocio es mío. Yo decido los precios, yo decido qué vendo, yo hablo con los clientes. Nadie me regaló nada."

Historias como la de Concha están cambiando la conversación sobre el emprendimiento en las comunidades latinas. No todos los negocios nacen de un pitch a inversionistas o de un MBA. Algunos nacen de una aguja, un hilo, y una foto bien tomada por una nieta un domingo en la tarde.

Conectando lo Que el Tiempo Intentó Separar

Más allá del dinero o la fama, lo que estas mujeres están haciendo tiene un valor que va mucho más profundo: están siendo puentes.

En un momento en que muchas familias latinas en los Estados Unidos sienten que se están perdiendo partes de su cultura — el idioma, las tradiciones, la memoria — estas abuelas digitales están archivando, transmitiendo y celebrando lo que de otra manera podría desaparecer.

Dolores Mendoza ha documentado más de 80 recetas en sus videos, muchas de ellas aprendidas de su propia madre en Michoacán y que nunca estuvieron escritas en ningún libro. "Cuando yo me vaya," dice sin dramatismo, "esas recetas no se van conmigo. Están ahí, para mis nietos, para sus hijos, para quien las quiera."

Rosario Gutiérrez recibe mensajes regulares de jóvenes latinas de segunda y tercera generación que le dicen que sus videos les ayudan a entender a sus propias madres y abuelas. "Me dicen 'gracias por explicar por qué mi abuela hace las cosas así'. Eso me llena el corazón más que cualquier número de seguidores."

Lo Que el Algoritmo No Esperaba

Hay algo casi poético en el hecho de que las plataformas diseñadas para capturar la atención de los jóvenes hayan terminado siendo tomadas por las abuelas. Los algoritmos de TikTok y YouTube no discriminan por edad — si la gente se queda a ver el video, el video gana. Y la gente se queda.

Porque hay algo en la voz de una mujer mayor que ha vivido mucho, que no tiene nada que probar y nada que vender excepto su propia historia, que corta el ruido de todo lo demás.

Concha lo resume mejor que cualquier análisis de redes: "Los jóvenes tienen mucho que decir. Nosotras tenemos mucho que contar. Hay diferencia."

Y esa diferencia, resulta, vale millones de reproducciones.

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